Morituri
Es una sensación extrema, lo que ahora llaman “terminal”. Me ahogo a bocanadas, luego, según me bailan ventanas, jardines y luces, consigo abrazarme al aire. Que casi me sostenga.
Otro suicida, dirán. Pero ocultan que yo mismo he alertado a las autoridades (bastante desganadas, por cierto). Hasta hube de soportar a un psicólogo, un tipo de verdad mohíno:
–Dele otra oportunidad a la vida –repetía el muy simple. Pues eso hago, espero en posición harto incómoda a que lleguen las luces. Va ganando el equipo azul de la policía por escaso margen sobre el rojo de los bomberos, y a distancia, el amarillo optimista de las ambulancias. ¿A ver, para qué quiero yo una ambulancia? Y todas esas sirenas.
Según me paseaba con garbo por la barandilla de la azotea, iba saludando a mis vecinos. No me contestan y, egoístas como son, se llevan a los niños (los más fascinados por mí). Ahora mismo, estoy cayendo a una velocidad que crece al ritmo de una ecuación olvidada, ya distingo los rostros aterrorizados del público. No es cierto que dé tiempo a rememorar toda tu vida, quizá de noche.
Cierro con fuerza los ojos, habrá una buena polvareda. Y casi en el acto, unos aplausos, un bamboleo neumático y la cara congestionada del bombero.
–¿Otra vez usted?