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Blog dedicado a: La Literatura con dos apartados: Relatos de mi cosecha y Homenajes a escritores. Dedicada también al dibujo con Adobe Illustrator, realizado a partir de fotografías de edificios, y de carteles Art Deco de los años veinte.

28 Abril 2008

Los cuatro invisibles

Caminaban juntos cuatro amigos por el campo cuando dieron con un anciano de apariencia estrafalaria, quien les pidió de comer. Le dijeron que fuera con ellos a una cercana taberna y que allí sería su invitado. Así que el anciano hubo saciado el hambre, les habló de esta forma: Habéis de saber que soy un poderoso Mago y que recompensaré vuestra buena acción. Os veo jóvenes, ambiciosos y aburridos, condiciones que a menudo se juntan, de modo que os concederé un día de absoluta invisibilidad para que, mientras dure, hagáis lo que os venga en gana.

Asintieron los jóvenes entre maravillados e incrédulos, con lo que el Mago se despidió de ellos con estas palabras: mañana seréis invisibles de sol a sol, pero a la noche nos encontraremos aquí de nuevo, y me diréis cómo habéis utilizado el don que os hago.

A la noche siguiente se reunieron en la misma taberna. Los cuatro jóvenes hablaron así por turno, y cada uno de ellos hubo de oír la respuesta del Mago:

– Yo me introduje en los sótanos del más poderoso Banco. Allí, no me avergüenza decirlo, robé cuanto pude pero, cargado de tal forma, mi salida no podía pasar inadvertida.

– Aprende que la verdadera riqueza no es ostentosa, ni está donde parece.

– Yo –dijo el segundo– me deslicé en la sala del Consejo de Ministros para conocer cómo se dicta el destino de los pueblos. Allí no escuché otra cosa que complejos reglamentos y arduas estadísticas, cosas ambas que parecen gobernar cuanto ocurre a los hombres. No entendí ni la cuarta parte, y aun esto dudo que me sea de provecho alguno.

– Aprende que el poder nunca se manifiesta tal cual es –le contestó el anciano.

– Yo acudí a la alcoba de la mujer que amo –dijo el tercero, que era el más impetuoso. Esperaba allí agazapado para verla al fin desnuda, pero la espera fue mi única ilusión y mi única dicha. La vi en efecto, pero para mi desgracia yació con otro hombre.

– Aprende, hijo mío, que el amor necesita de conjuros más poderosos que los míos.

– Yo hice travesuras —dijo el último—, palmeaba el hombro de los paseantes, emborroné sentencias de jueces, liberé animales cautivos, trastoqué loterías y en galeradas de prensa interpolé noticias falsas. En suma, me lo pasaba muy bien...

– Dichoso tú –interrumpió el anciano– porque has obtenido placer de lo que se te ofrecía. Al limitar tu ambición has sido más feliz que el resto.

– ...pero me acaeció algo terrible. Escalé el minarete de la iglesia más alta para tañer las campanas, pero caí al vacío y hallé la muerte de mi yo invisible.

Al oír tal cosa el Mago lo abrazó emocionado, luego con un suspiro secó sus lágrimas y dijo:

– Hace tiempo yo era como tú y pasé por el mismo trance; mi media muerte dio lugar en aquel entonces a oscuras leyendas que no vienen al caso. Desde ese lejano día he vivido a medias en busca de quien deba relevarme.

Dicho lo anterior hizo el Mago una apresurada reverencia, entregó al joven lo que parecía un ajado manual de instrucciones y se esfumó.

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