Los cuatro invisibles
Caminaban juntos cuatro amigos por el campo cuando dieron con un anciano de apariencia estrafalaria, quien les pidió de comer. Le dijeron que fuera con ellos a una cercana taberna y que allí sería su invitado. Así que el anciano hubo saciado el hambre, les habló de esta forma: Habéis de saber que soy un poderoso Mago y que recompensaré vuestra buena acción. Os veo jóvenes, ambiciosos y aburridos, condiciones que a menudo se juntan, de modo que os concederé un día de absoluta invisibilidad para que, mientras dure, hagáis lo que os venga en gana.
Asintieron los jóvenes entre maravillados e incrédulos, con lo que el Mago se despidió de ellos con estas palabras: mañana seréis invisibles de sol a sol, pero a la noche nos encontraremos aquí de nuevo, y me diréis cómo habéis utilizado el don que os hago.
A la noche siguiente se reunieron en la misma taberna. Los cuatro jóvenes hablaron así por turno, y cada uno de ellos hubo de oír la respuesta del Mago:
– Yo me introduje en los sótanos del más poderoso Banco. Allí, no me avergüenza decirlo, robé cuanto pude pero, cargado de tal forma, mi salida no podía pasar inadvertida.
– Aprende que la verdadera riqueza no es ostentosa, ni está donde parece.
– Yo –dijo el segundo– me deslicé en la sala del Consejo de Ministros para conocer cómo se dicta el destino de los pueblos. Allí no escuché otra cosa que complejos reglamentos y arduas estadísticas, cosas ambas que parecen gobernar cuanto ocurre a los hombres. No entendí ni la cuarta parte, y aun esto dudo que me sea de provecho alguno.
– Aprende que el poder nunca se manifiesta tal cual es –le contestó el anciano.
– Yo acudí a la alcoba de la mujer que amo –dijo el tercero, que era el más impetuoso. Esperaba allí agazapado para verla al fin desnuda, pero la espera fue mi única ilusión y mi única dicha. La vi en efecto, pero para mi desgracia yació con otro hombre.
– Aprende, hijo mío, que el amor necesita de conjuros más poderosos que los míos.
– Yo hice travesuras —dijo el último—, palmeaba el hombro de los paseantes, emborroné sentencias de jueces, liberé animales cautivos, trastoqué loterías y en galeradas de prensa interpolé noticias falsas. En suma, me lo pasaba muy bien...
– Dichoso tú –interrumpió el anciano– porque has obtenido placer de lo que se te ofrecía. Al limitar tu ambición has sido más feliz que el resto.
– ...pero me acaeció algo terrible. Escalé el minarete de la iglesia más alta para tañer las campanas, pero caí al vacío y hallé la muerte de mi yo invisible.
Al oír tal cosa el Mago lo abrazó emocionado, luego con un suspiro secó sus lágrimas y dijo:
– Hace tiempo yo era como tú y pasé por el mismo trance; mi media muerte dio lugar en aquel entonces a oscuras leyendas que no vienen al caso. Desde ese lejano día he vivido a medias en busca de quien deba relevarme.
Dicho lo anterior hizo el Mago una apresurada reverencia, entregó al joven lo que parecía un ajado manual de instrucciones y se esfumó.