Las jornadas de Marijó
Marijó se pluriculturaliza
Presentadora luce su enorme dentadura, si bien sonríe a la cámara equivocada. Cuando se da cuenta gira el cuello, inclinándolo para que su melena se desplace al hombro opuesto.
—Gracias, gracias —palmas que se desvanecen—. Con nosotros, hoy, personas que, bueno, que han sufrido. ¡¡¡Pero han podido perdonar!!! Con nosotros... ¡Un aplauso para Blanca!
Entra una mujer de mediana edad. Camina algo azorada pero pronto se anima gracias al calor del público. Son treinta o cuarenta personas, jubiladas y, en su mayoría, mujeres. Alguien cuchichea: “chica, si parece de lo más normal”
—¡Perdonar! —ahora enfrenta la cámara adecuada— Una vez más nuestro programa quiere sacar del anonimato a personas... ¡que saben hacerlo! ¿Tú supiste, verdad, Blanca?
La aludida asiente con la cabeza mientras juega con las pulseras y balancea un pie.
—¡Sí, sí, ella perdonó a su marido! Y nos lo va a contar... después de la publicidad.
En la televisión de Marijó asoma una modelo de veinte años. Sonríe mientras recomienda crema cosmética. El frasco es maravillosamente azul y la gelatina de su interior retiene burbujas de oxígeno, para que las células...
—Ya, a tus años, cualquiera.
Marijó mira el televisor de refilón mientras prepara la cena. Lo enciende al llegar del bufete para que le haga compañía. A menudo discute con el aparato como si fuera una visita. Le reprocha las malas noticias y se congratula por las buenas, aunque éstas se hacen de rogar últimamente. En el siguiente anuncio un hombre no sabe poner la lavadora. Se trata de un tipo ridículo, que acaba resbalando en la cocina. Cuando Marijó está a punto de echarse a reír, una multinacional de electrodomésticos le propone una lavadora inteligente.
—¡Cabrones de anuncios!
Presentadora:
—Blanca, tú supiste perdonar... tú supiste perdonar lo más duro, quizá, para una mujer. ¿Por qué no decirlo de una vez por todas? Tu marido te engañó.
Se produce un silencio en el estudio. Luego la orquestina del programa emprende un redoble que invita al aplauso general.
—Venga ya —escupe Marijó, francamente estimulada—, ahora nos contarás cómo te ponía los cuernos.
—Me engañaba con una amiga...
Las señoras del público cuchichean y se frotan las manos. La tensión aumenta y Marijó, casi sin querer, se acerca al televisor sujetando la ensaladera.
—... estando yo embarazada del tercero.
—¡Lo que faltaba!
Marijó se gira a medias e intenta concentrarse en la ensalada. La llama “Ensalada Vudú”, y se la enseñó la negra Omara durante una noche borrosa y lejana, cuando estuvo de turista en Cuba. Enciende una vela verde y deja que la ensalada repose encima de un trapo amarillo, sobre todo que sea bien amarillo.
—Sí que me hizo muchísimo daño, —continúa Blanca— no creas. Y yo estoy segura, pero supersegura, de que ella estuvo en mi casa...
Presentadora parece escéptica:
—Pero si era tu amiga, digo yo que sería normal que ella...
—En mi cama, con él, a solas —Blanca asiente tres veces con la cabeza.
—¡A solas!
El programa está encarrilado y el público agita sus abanicos con aprobación. Blanca se pregunta si al final podrá saludar a su madre, que no ha podido venir.
Marijó bate furiosamente una vinagreta.
—¡Plántale cara! Busca una abogada y, al menos, arruínalo de por vida.
—Mi abogado me dijo que le demandara con una querella.
—Con una demanda, que no te enteras. Y como no pague, querella y a la cárcel. Si los jueces no estuvieran vendidos, claro. —Marijó tiene experiencia en ese tipo de pleitos. Sobre todo, que el tipo no se vaya de rositas.
—Él primero lo negó todo —continúa Blanca—. Se enfadó y le dijo a mi abogado que no tenía una peseta a su nombre y que estaba muy a gusto con la joven, o sea con mi amiga.
—Perdona, perdona, —salta Presentadora entre el revuelo general— ¿cuánto más joven?
—Pues ella dice que tiene doce años menos que yo. Pero para mí que miente...
Durante la siguiente tanda de anuncios Marijó quita el sonido y vuelve a la cocina. Omara le dijo entre tragos de ron que lo de la vela y el trapo amarillo atraería sobre la ensalada ciertas vibraciones benéficas, aunque seguramente la negra no empleó esas mismas palabras. Dispone las cosas, enciende la vela y luego observa el efecto preguntándose si habrá puesto la suficiente convicción en todo. Mientras espera, su curiosidad vuelve hacia la pantalla.
Presentadora:
—Claro que tú ya te olías algo.
—Para nada, para nada, para nada. Hasta que un día en unos grandes almacenes los vi besarse. —el público inicia un murmullo satisfecho— Entonces el abogado me dijo que buscara pruebas y documentos por toda la casa.
Al fin algo sensato, piensa Marijó. Papeles, balances, escrituras: la fortaleza patriarcal, la letra pequeña del universo.
—Y yo, busca que te busca, y me encuentro, pues, con unas cartas de ella. Y con esta cosa, escondida debajo de sus calzoncillos.
Presentadora coge con la punta de los dedos un saquito de tela azul. Lo exhibe y luego saca de su interior dos muñecos de trapo, pequeños y de confección tosca. Uno de ellos tiene algo de pelo y una falda.
—...así que allí me planto, en casa de ella, con las cartas y con la bolsita, que a mí me daba repelús. Y va y me suelta, como oyes, que yo parecía tonta, que se lo quiso ligar y que para eso le había hecho un amarre.
—Aclaramos para nuestros miles de espectadores que un amarre es algo así como... —Presentadora se pone unas ligeras gafas y consulta sus notas— una manera de lograr que alguien se enamore de ti, ¿no es así, Blanca?
—Claro, claro, y que me podía guardar el marido donde me quepa —tanda de aplausos—, que menudo coñazo, que un —la ovación impide a Marijó oír la frase— ...en la cama.
—Espera, espera ¿qué me dices?
—Que ya no le gustaba. Y si te fijas —un velo de astucia se extiende sobre los ojos de Blanca— el pelo de la muñeca es castaño como el de ella.
—Es cierto, damos fe para quienes no puedan verlo bien desde sus casas. Es un pelo muy corto y como rizado, ¿no?
—Sí, ya, figúrate.
Si un día quieres tú conseguir un hombre, hases dos muñequitos y al de la mujer le pone’ unos pelos de coño, del tuyo, claro, qué me vas a desir. Él no podrá evitarlo, enamorarse de ti, ya tu verás.
Entonces Marijó era joven y no creía en supersticiones, “alienación” las habría llamado. Y sin embargo en este momento de su vida le parece que Omara, tan negra y robusta, encarna otra especie de sabiduría. Un algo sencillo y a la vez complicado, donde, por ejemplo, elegir el color de una habitación o una fecha propicia se convierte en un embrollo. Pero, ¿no es así el mundo?
Presentadora:
—Hemos querido recoger la opinión de nuestro colaborador habitual, el letrado Pedro Guasp. Hola Pedro, dinos, cuando se ha hecho un amarre en un caso de adulterio, entonces ¿qué pasa? Porque eso mismo se estarán preguntando todos ustedes.
Los invitados al estudio se miran encogiéndose de hombros. Aparece un primer plano del letrado Guasp, algo sudoroso, que sonríe desde su despacho.
—Nuestra legislación, a diferencia de otras, admite el divorcio no culpable, de modo que las razones subjetivas son jurídicamente irrelevantes. No obstante...
—¿Y lo del amarre?
—¿Qué pasa con el amarre?
—Pues, pues... ¿qué otra cosa podía hacer el hombre? —Presentadora pone cara de perplejidad.
—Estaríamos hablando de captación de voluntad, si un juez así lo admite. Anularía la responsabilidad moral del sujeto. El supuesto podría compararse al de la predestinación, aunque yo...
Presentadora:
—Una vez más, el tiempo nos obliga a quemar etapas. Gracias Pedro, lamentamos tener que dejarte.
—Por eso le perdoné enseguida. A ver, qué culpa tenía el pobrecito. —Blanca mira a su alrededor aunque sobre este punto el público parece tan desorientado como la propia Marijó— ¿Puedo saludar ya?
Marijó ha conseguido asiento en el metro, saca una novela del bolso y observa al resto de viajeros con sentimientos fraternales. El libro no acaba de atraparla aunque, según le dijo alguien de fiar, lo había escrito una tía muy maja. El argumento va por el cuarto amor imposible, así que Marijó relaja su espalda y piensa en el baño que se dará en casa. Hace calor y el vagón empieza a llenarse, lo que le trae recuerdos de La Habana: los autobuses repletos, el ron y aquel grupo con la guitarra. También, de cuando todas se sintieron algo manoseadas, aunque nadie llegó a enfadarse por aquello.
Entran un par gitanos. El más bajo exhibe patillas abultadas y empuña una trompeta. El otro, de apariencia seca y curtida, camina abrazando contra su chaleco un breve saxofón.
La trompeta es vieja y herrumbrosa, aunque resuena como un demonio en aquel recinto y soplada por aquel hombrecillo. Se arranca con una rumbita turística que estuvo de moda durante los últimos veranos en familia, cuando a Marijó le despuntaba el pecho y ya no quería jugar entre las olas. Entonces, tumbada en la playa, fumaba y fumaba dándose cremas y mirando, avergonzada, cómo sus paisanos perseguían a mujeres extranjeras, que se reían de manera condescendiente y los trataban como a primates en celo.
El metro se llena de gente sudorosa, como aquel cincuentón que no deja de mirarla. Marijó empieza a ponerse de mal humor, está llegando a su apeadero y piensa que tendrá que pasar junto a él para no interrumpir a los gitanos.
Avanza entre los viajeros y casi nota el aliento del viejo verde, que ahora espía su escote. Una mano le trepa por el muslo. Marijó se revuelve pero el individuo ha desaparecido y, en su lugar, un chaval mulato la mira con excitación y la sonrisa de un buen salvaje
Aun así, Marijó le suelta dos guantazos y alerta a los vigilantes, que llegarán tarde.
Marijó se enroca.
–Que te instalen una como la mía, –¿no estaba mamá gritando más con el paso de los años?– la pago yo. Y me quedo más tranquila.
–No, mamá, me lo puedo permitir de sobra.
Sólo una semana después Marijó recibe la visita del vendedor de alarmas. Ella se había resistido hasta entonces. “¡Me niego!”, exclamaba para luego añadir según el interlocutor: “no tengo nada de valor”, “en mi barrio no roban”, o “yo no tengo miedo”. Con el paso de los años –piensa– las tres excusas han dejado de ser relativamente ciertas.
Cuando llaman al timbre comprueba de una ojeada que todo está recogido. Al descorrer el anticuado cerrojo de resbalón, aparece un hombre de unos cuarenta años, tripudo y armado de una cartera de la que extrae con todo cuidado una tarjeta de visita.
–José Ortiz, asesor de seguridad.
–Entre, tengo un poco de prisa...
El vendedor avanza con una mirada apreciativa mientras balancea el cuerpo. Lleva anillo de casado y a Marijó le parece un tipo satisfecho con su trabajo: he aquí una débil y asustada mujer a la que brindar protección... y cobrársela. Ella menosprecia el comercio de manera instintiva, o más bien a quienes lo practican. Recuerda que al acabar la carrera tenía pesadillas en las que se ganaba la vida vendiendo libros a domicilio; desde entonces los vendedores le provocan mala conciencia.
–Bonita casa, como la de su madre aunque de otro estilo.
Marijó recuerda el salón de recibir de su madre, jamás en uso y colmado por un tresillo rococó de raso blanco. Y lo que ella llama “mi colección de cerámica”, repartida en vitrinas y aparadores.
–Bueno, yo no tengo nada de valor.
–Esa no es la cuestión. ¿Sabe qué es lo peor de que te entren?
–¿Mmmm?
–Que violan tu intimidad, –la cara brillante de Ortiz se ensancha ante ella y por un momento parece que va a llorar– ese cofrecillo reventado que tenía un valor sentimental. El juguete despanzurrado por el suelo.
Marijó guarda un cofrecillo con viejas cartas. En ellas se dicen algunas cosas atrevidas, o que a ella se lo parecían cuando fueron escritas a finales de los ochenta. También guarda una vieja pepona, por la que ahora descubre más apego que por las cartas.
–Buena madera, se nota que es antigua, –Ortiz empieza por husmear la puerta– claro que con una palanqueta lo que salta es el marco, casi peor. Los balcones, normal, ¿le han intentado subir por aquí? A veces lo hacen, como le pasó a su madre.
Aquel fin de semana prometedor en que mamá la telefoneó seis veces porque distinguía pisadas sobre una marquesina, dos pisos más abajo.
Ortiz recorre el apartamento detenidamente.
–¿Queda algún punto de acceso, ventanas, puerta de servicio?
–No.
–¿Y cómo tiende la ropa?
–Desde el baño, pero está muy difícil de...–dice Marijó un poco mortificada.
Ortiz se mete por detrás del inodoro y consigue asomar al patio a través de un ventanuco.
–Ya veo, ya veo.
El viento agita unas bragas y un sostén frente al congestionado asesor de seguridad.
Media hora después Marijó ya sabe todo sobre alarmas, infrarrojos y precauciones. Lee la letra pequeña con parsimonia, pero no encuentra nada por lo que merezca la pena pelearse. A todas sus preguntas: ¿y si no llegan? ¿y si me olvido? ¿y si cortan el hilo? contesta Ortiz mecánicamente mientras va rellenando el contrato.
Luego, al despedirse, el asesor de seguridad se gira en redondo con soltura y cuando estrecha la mano de Marijó casi se la lleva hasta los labios para comentar:
–Un placer. Es usted igualita a su señora madre, se lo dice un comercial.
Kinbote Kinbote dijo
El cuadro es un original de Erwin Ross.
Su página es: http://www.wopersnow.de/eross/index2.htm
29 Abril 2008 | 07:56 PM