Después de todo
No se vive mal siendo vaca, incluso voy a mejor según pasan las estaciones. Por lo que yo entiendo, a cambio de ordeñarme mediante unos tubos, estas personas me darán pienso y buenos terrones de sal hasta... ¿hasta cuándo? Ése es el asunto.
Algo recuerdo de mi llegada a este sitio, ¿desde dónde? Vete a saber. Empecé muy al fondo pero, según aumenté en tamaño, me fueron desplazando hasta aquí, ya cerca de las últimas.
¿Y qué ocurre con las últimas? Que un buen día desaparecen. Sin más: vuelves del paseo y has avanzado un puesto. No es que me preocupe demasiado, vaya, me preocupa lo justo. Por mí, que todo siga igual.
Pero ayer pasó algo raro: la mujer que limpia esto andaba lloriqueando. Se diría que está preñada, casi puedo olerlo. No querrá que la ordeñen. Buena cuestión: ¿dan leche los humanos? Bien, pues andaba lloriqueando cuando soltó de golpe: “¡Dios mío! ¿Qué será de mí?”
Me quedé muy quieta, curioseando unas pajitas. De reojo vi que la chica iba tranquilizándose y que al rato canturreaba. Casi parecía feliz.
Quise probarlo en cuanto se marchó. Primero diría: “¡Dios mío!”, después, la pregunta y, zas, una respuesta brotaría en mi interior.
¡La pregunta! Algo concreto, sin escapatoria. Ya está:
“¿Existe el Más Allá?” Bien mirado, eso me trae al fresco. Mejor ésta: “¿A dónde van a parar las últimas?” Directa como una coz.
Me preparé y dije: “Esto... ¿Dios mío?”
Me habló una luz, me habló una luz, lo juro. Sonaba profunda como un mugido de bronce: “¿Qué quieres saber?”. Yo me cagué en el sitio, como a diario, aunque esta vez de puro susto. Sólo dije:
“¿Dan leche los humanos?”