Coleman, el confidente
–¿Y no cree usted, caballero, que las mujeres, nosotras ‑aclaró– somos distintas de los hombres?
La brisa templada, que a esa hora de la tarde trae desde el jardín el rumor de los coches de caballos, no invita a cavilar. Coleman prepara el velador, la bola de cristal y las cartas, al tiempo que repasa mentalmente: Nicte (seudónimo) treinta y muchos, adinerada, turbadora, finge ingenuidad y elige mal a los hombres (esto está resultando una cláusula de estilo). Pero la pregunta sigue en el aire, de modo que introduce los pulgares en los bolsillos del chaleco y examina a la dama con medio párpado.
–¿Acaso diría usted, que todos los escoceses son tacaños o todos los mestizos, según se opina, lascivos? ¿no sería tal parecer un agravio para con los escoceses desprendidos, y para los mestizos… vírgenes?
–Castos. –A ella la brisa parece darle ánimos.
–Bueno, castos. ¿Y no sería injusto atribuir a hombres y mujeres conductas hasta tal punto gregarias? –aquí el medio párpado contiguo observa con oficio el efecto de sus palabras–. Claro que si se trata de simples pautas de comportamiento, quizá indiquen…
–…por qué nosotras sufrimos más.
De eso vivo yo, señora mía; demasiado sé que el sufrimiento acompaña al amor; las mujeres coquetas se rehacen pronto. Tres respuestas que no dará.
–…que uno y otro género no compartimos los mismos valores. –Contesta el vidente, atajando el suspiro de ella.
–Ay, querido Coleman, qué claridad de juicio el suyo, a cuántos corazones femeninos se habrá asomado usted
Coleman ha pasado al gabinete, donde se sirve con sigilo un trago, su voz llega impersonal:
–Otras amigas, todas ellas respetables, me consultan su porvenir, a veces me piden encantamientos y conjuros. Francamente pienso que es usted la mujer más sensata que conozco, ¿de verdad no preferiría repasar su carta astral, quizás el tarot?
–Me temo horribles presagios, ¿sabe del caballero que le dije, el que me explicaba las óperas y era tan atento conmigo?, pues no volvió a escribirme.
–¿Y no sabe más de él?
–Sí, claro, porque hice por encontrarle, ya ve que no soy sensata. Fue bastante evasivo. Claro que usted me había advertido sobre el arcano de la Torre alcanzada por el rayo, o quizá fuera El Ahorcado. No entiendo como algo que parecía tan especial pueda acabar así.
–El caballero en cuestión algo diría respecto a sus proyectos a… más largo plazo. ¿Insinuó acaso cierta continuidad en su interés por usted?
La dama adopta un aire entre soñador y práctico: –¿Qué promesa mayor que el de tu cuerpo reconciliado con la vida, sentirse como un instrumento afinado? La verdad es que no dijo gran cosa.
Un Coleman aturdido imagina cabalmente esas imágenes, pero el deber acaba por imponerse:
–Era mucha responsabilidad la que pendía sobre los hombros de su amigo, si tenemos en cuenta que la acompañaba a actos sociales, llevaba sus asuntos financieros, y ocasionalmente le servía de chauffeur. Pero podemos interrogar a los espíritus sobre el futuro de esta historia.
–No gracias, prefiero charlar. Explíqueme en qué somos distintos.
–Bueno, nos atraen cosas diferentes, aunque –se excusó con rapidez– viene ocurriendo desde el Paleolítico. Hágame caso si le digo que en aquellos tiempos las hijas de Eva no eran tratadas con la cortesía que las féminas modernas han sabido granjearse. Eran siglos y aún milenios –aquí Coleman estiró el cuello– en los que desdichadamente a las mujeres como usted las golpeaban antes…o después de violarlas, mientras las infelices debían ocupar el resto de su muy breve vida en trabajar y parir. Oh, espero no haberla escandalizado con detalles de épocas tan afines al estado animal.
–Caballero, cuánto se aprende con usted, aunque sea sobre esos hombres primitivos, ¿cree usted a pesar de todo que ellos conocían el Amor?
–¿Quiénes? –Coleman iba por el tercer brandy, ¿quiénes podrían ufanarse de conocerlo?
–Los paleolíticos violadores, porque dígame ¿qué mujer no afrontaría por Amor tempestades, ciénagas y alimañas? ¿Sabe?, jamás me ha importado que mis hombres ronquen, como hicieron sus ancestros, quizá para alejar a las fieras de sus cavernas: yo me siento protegida.
–Nunca había considerado ese punto de vista. Pero, amiga mía, regresemos a este civilizado presente en el que cada mujer es la orilla de nuestros más dulces sueños; le cedemos el paso, daríamos la vida por ella en cualquier callejón, y nadie en nuestra presencia pronunciará su nombre sino con respeto. –Coleman notó una punzada de legítimo orgullo, aunque se trate de una cliente, nunca utilices palabras huecas.
–¿Lo ve?, siempre ha existido la gentileza, hasta en aquellas horribles épocas.
–Si se refiere a la Antigüedad más remota, me temo que el tiempo para la galantería debía compartirse con actividades de ataque y defensa, homo hominis lupus, durante las que el macho de la especie, alejado de la tibieza del hogar, escalaba montañas, acechaba empalizadas hostiles, quizá robaba otras hembras para su tribu. –Maldito brandy–.
–¿Y no podrían los hombres conformarse con las suyas propias?
Conformarse, piensa Coleman, ¿podría el homo sapiens conformarse y no aventar la semilla frenética de su especie? ¿puede conformarse el amor?
–Pero, señora mía, la vida es un todo. El varón está condenado a otear el exterior, la hembra mira hacia sí misma, los hijos, su cabaña, la tierra fértil. El hombre busca sentirse vivo y la mujer, querida. Es el Destino; el hombre es romántico porque lo asume, mientras que la mujer, dependiente por tradición, es sentimental.
La dama parece haber oído lo más importante.
–De modo que también usted es un romántico. Bien, ya somos almas gemelas aunque sé poco sobre usted, hábleme de su trabajo ¿cree realmente en todas esas cosas –mira hacia el velador con desdén–; o mejor dicho, cómo funcionan esas adivinaciones, cómo se hace?
–Señora, los que hablan no saben, y los que saben no hablan.
–Oh, desde luego, es usted un profesional, o mejor, un iluminado. ¿Tiene esposa?, su mujer debe ser alguien muy especial para estar unida a un hombre de sus cualidades.
Coleman recordó a su padre: sabes, jovencito, he mejorado, antes sólo gustaba a las feas, ahora también a las maniáticas. Pero dijo:
–Ya no convivimos.
Su memoria se obstina en traer a ese mismo jardín las imágenes de una última disputa. De súbito la brisa ha refrescado.
–Lo siento, no debe ser fácil llevarse bien con quien es capaz de adivinar el futuro. Supongo que un hombre no comprometido y sensible a veces…se encariñará con alguna de sus confidentes.
–Jamás, bueno, alguna vez. Naturalmente es la excepción, ya sabe, no mezclar amor y trabajo. El equilibrio y aun la felicidad de esas personas depende de mí.
–¿Y las hace felices?
El sol se acaba de poner al otro lado de la empalizada.
–Hago lo que puedo.
–Continúe en ello, amigo mío. Bien, ahora debo retirarme, aunque espero proseguir estas charlas, ¿o se dice sesiones? durante todo el invierno.
Coleman la sigue por el largo corredor hacia la última luz que viene del porche; va cabizbajo, mirándose los botines; de repente palidece y con un impulso toma a la mujer del brazo.
–Quiero confesarle algo: todo lo que ha visto los naipes, la bola, todo eso lo heredé de mi padre, que era un farsante. Yo…también lo soy. Me gano la vida explotando la credulidad de las mujeres; nunca adiviné nada que no pudiera presagiar cualquier persona imparcial.
Una sonrisa blanca se abre camino en el rostro de ella, su boca abandona un rictus de asombro y pregunta con inocencia:
–¿Por qué esta confesión?¿qué le hace pensar que yo no quiero ser embaucada?
–Es usted distinta, es capaz de sobrevivir, es alegre, es…
La mano de Nicte sobre sus labios le interrumpe. Ella se gira del todo y lo mira cara a cara, los ojos le brillan de tal forma que Coleman recuerda el destello de su bola heredada; esta vez habría podido adivinar la respuesta.
–¡Qué decepción! Yo me enamoraría del cínico bebedor cuentista, del astuto manipulador de voluntades, del gigoló de conciencias, pero jamás de un pusilánime. –Le sonríe y acaricia la frente del hombre con una mano enguantada– ¿Es a mí o es a usted mismo a quien protege? No es tan mentiroso, créame, sólo es un fabulador lleno de manías adorables, por eso le escuchan. Seremos buenos amigos, pero no ronca usted lo suficiente para mí.
Teresa Moreno dijo
Me ha parecido un relato ágil, entretenido y que muestra muy bien el "alma" femenina. Y yo me pregunto como la protagonista ¿ Por qué esta condición a mi modo de ver tan destructiva, no es modificada conscientemente y siempre caemos en los mismos herrores que nos llevan a un desentendimiento con los hombres, a los que por otro lado no podemos dejar de amar?
En fín, leeré con gusto lo que escribas. Gracias por compartirlo.
4 Mayo 2008 | 08:36 PM