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Blog dedicado a: La Literatura con dos apartados: Relatos de mi cosecha y Homenajes a escritores. Dedicada también al dibujo con Adobe Illustrator, realizado a partir de fotografías de edificios, y de carteles Art Deco de los años veinte.

28 Abril 2008

Apostasía

He nacido en un tiempo en que la mayoría de los jóvenes

había perdido la creencia en Dios,

por la misma razón que sus mayores la habían tenido:

sin saber por qué.

Fernando Pessoa, Libro del desasosiego.



Aquella mañana de domingo, asomado al balcón de su casa y mientras los pájaros lanzaban su mejor repertorio, Pablo perdió la Fe de sus mayores. Por el momento nada ocurrió, o, a lo sumo, un breve apunte en el padrón celestial. Se dijo “¡coño, no hay Dios!”; en el acto pudo sentir el calado de su apostasía pues nunca hasta entonces había proferido tacos en solitario.

La Naturaleza continuaba su curso indiferente, así que un nuevo Pablo, emancipado del pensamiento teocrático, entró al cuarto de baño para afeitarse. Sin las gafas y mientras rasuraba a un desenfocado Prometeo, iba discurriendo qué cambios eran pertinentes a su nuevo modo de pensar; ya sus mejillas brillaban, pero no acudía a su mente nada que corriera prisa. Como siempre que planeaba algo, lo consultaría con Carmen.

Una hora más tarde Carmen y Pablo pasean por el Retiro. Ella siente que la dulzura del aire, la carnicería soterrada de los insectos, la sombra del arbolado, las tímidas ardillas, todo es obra de… bueno, es nuestro planeta, la Madre Tierra. ¡Y qué desagradecidos le somos! –suspira Carmen, que a partir de mañana mismo reciclará las botellas y tal vez abandone el tabaco–. Se imagina compartiendo con Pablo un futuro sin conservantes, y nota cómo crece su amor por él.

Llegan ante un hombre subido a un cajón. Es un mimo con botas, pantalones arrugados y un chaquetón rematado por un cuello duro con pajarita. Usa guantes, chistera y gafas de soldador. Todo el vestuario, así como las gafas y el propio rostro, están pintados de un oro acartonado y brillante. Los paseantes dejan monedas ante él y algunos niños le lanzan cacahuetes, pero su parálisis es insobornable. A Carmen y Pablo, que acaban de contemplar un curandero malayo, tres músicos andinos y una contorsionista india, el personaje casi les resulta normal; sí en cambio llama atención de Carmen un vendedor de barquillos, venido de no se sabe dónde. –¿A que es mágico? –opina.

Antes, Pablo hubiera dicho: “sí, cariño” y sus almas revolotearían juntas durante unos instantes. Hoy, sin embargo, asocia “mágico” a “superstición”, y sólo puede imaginar un grupo de indígenas ebrios degollando rítmicamente aves de corral en una sudorosa cabaña.

Poco después bogan en el estanque. Pablo rema mientras Carmen, recostada a popa con un sombrero de paja, peina el agua con los dedos… ¿Cómo hablar de ateísmo en este entorno idílico, tan lleno de echadores de cartas, además?

– Carmen, eres la primera en saberlo, ya no creo en Dios.

Carmen retira la mano con brusquedad y la olfatea arrugando la nariz, luego mira a su novio por debajo de la visera, lo hace a contrasol, estirando el cuello con ese aire campesino que tanto le gusta a Pablo.

– Esto está cada vez más guarro. –y luego, cambiando de tono– ¿Y qué me quieres decir con eso? Cuando tú y yo nos conocimos, ya no íbamos a misa. –dice Carmen, que a su modo es una mujer de ideas avanzadas, una mujer que maldice al municipio conservador cuando pisa una porquería.

– La práctica religiosa es un formalismo sin importancia, –dice Pablo– lo de ahora es un convencimiento filosófico.

Carmen intuye una vía de agua en su futuro: qué puede esperarse de un hombre capaz de tirar por la borda siglos y siglos… de lo que sea.

– ¿Pero es que no te importa mi opinión? Ser ateo es… amoral. ¿Qué me dices de los diez mandamientos?

Pablo suspira y encuentra la respuesta precisa:

– Ve enumerándolos, y yo te contestaré.

Carmen abre la boca, pero opta por quitarse el sombrero. Hace calor, y sube cierto bochorno desde aquel agua marrón. La “vibraciones” del cosmos no deben estar en su mejor momento. El bote ha empezado a oscilar y los remos quedan suspendidos en plena confesión como dos alitas desplumadas.

– No me sé todos los Mandamientos; quiero decir, de carrerilla.

– ¡Ajá, así es la superstición! ¿Cómo puedes cumplir si no los conoces? –se pone de pie y agita los brazos; en ese momento echa de menos un público– ¡Soy ateo, soy… librepensador!

Como si el Todopoderoso acusara recibo, el bote escora peligrosamente. Allá en la orilla la estatua dorada se convulsiona con espasmos que asustan o hacen reír a los niños; se diría que le han dado cuerda.

– ¡Ni Dios, ni amo!

Carmen lo mira tan asombrada que sólo acierta a preguntar:

–¿Y me lo dices ahora, cuando falta una semana para las vacaciones?

Ahora ambos enmudecen. Una nube ha ocultado el sol, y el agua, cada vez más parda, acuna pesadamente la embarcación. Al rato, los sobresalta un golpe a proa: acaban de ser abordados por otro bote, que rema una mulata fornida y bajita, vestida como una macedonia de frutas. Le acompaña un sacerdote anciano, flaco y de mirada brillante, que se recompone la sotana pues el choque lo ha arrojado del banco.

– ¡Jesús, María y José!

–¿Se encuentra bien, padre? Acérquese. –Juntan los botes. Este encuentro es propicio, piensa Carmen– Dígame, por favor: ¿qué le aconsejaría usted a un ateo?

– No te mole’te, mi amol, qu’el padresito etá mu mayó. Por eso le acompaño.

Sacerdos in æternum –el cura parece en plena forma–, rema, muchacha, que yo te haré pescadora de hombres.

– Aaay no, que eso ya lo hise allá, pa podé vení p’acá.

El viejo rebusca en el bote hasta que encuentra un bocadillo y una botella de vino; con toda tranquilidad toma otra, ya vacía, y se dispone a arrojarla al estanque, pero la mulata se lo impide. Entonces la mira sorprendido, y le pregunta:

– ¿Estás bautizada, hija mía?

– Sí, padresito, al meno una vé, que yo sepa.

El cura se persigna como si espantara una mosca, luego muerde el bocadillo y un aroma a chorizo se extiende sobre los navegantes. Cuando empina la botella y eructa, la cubana mira a su alrededor con embarazo. Luego canturrea el Tantum ergo.

–¿De dónde eres? ¿cómo te llamas? –le preguntan Pablo y Carmen, respectivamente.

– Odette Brindis, y soy de Santiago de Cuba. Cuando nasí era má blanquita, pero el sol de la isla me hiso así.

Para Carmen la chica empieza a tener más karma¿o será chakra?– que el ministro de la fe, de modo que se dirige a ella.

– Debe de ser un lugar delicioso. Y dime, ¿tenéis muchas iglesias?

– Sí, señorita, creo que sí. –parlotea moviendo todo su cuerpo.

– Estoy segura de que en tu país la gente, quiero decir la gente… en general, cree en Dios.

Odette suspira y contesta bajando la voz.

– Bueno mira, hermana, creemo’ en Dio’, la Virgen del Cobre, el Che, Changó y Yema’a.

Pablo, que ya comparte la botella de vino, empieza a reírse por lo bajo, pero es el cura quien interviene con brava entonación de homilía:

– ¡No adorarás al becerro de oro, dijo Jehová!

– Allá no tenemos beserro, padresito, hay puelco una ves al me’, y no siempre. ¡Hombre de Dio’, no tire la botella que nos van a multa’!

Pablo y el cura, un tanto enrojecidos, cantan a coro. Pablo no conoce el Tantum ergo, pero sobre la misma tonadilla encadena El crucifijo de piedra. Todos parecen contentos, excepto Carmen, que intenta su última oportunidad.

– Bueno, Odette, mira: ¿tú no crees que todo esto, me refiero a la ciudad, el estanque, –su dedo va señalando– el bote, nosotros mismos… en fin, ha tenido que crearlo alguien?

La chica entorna los párpados, mira por encima del hombro a derecha e izquierda, pero a su espalda sólo vigila Alfonso XII a caballo, respaldado por una columnata semicircular que recuerda una vieja máquina de escribir.

– Ya sé, ¿el gobierno de ustede’?

Pablo suelta una carcajada que se contagia a Odette y al cura. Los botes se columpian desfasadamente. Ahora varios patos rodean las embarcaciones, atraídos por los trozos de pan y chorizo que el cura ha empezado a arrojar.

–Apacienta mis corderos –el anciano se pone en pie–, cantemos la Salve Marinera.

Pablo, contagiado por el sacerdote, también se levanta. Ambos se toman de los hombros. Cuando las barcas comienzan a separarse las mujeres gritan, se cogen de las manos e intentan que los dos hombres, mutuamente apuntalados, no caigan al agua. Los patos se alejan un poco: el naufragio de una barca, cargada con pan y chorizo, les resulta sugestivo.

– ¡Sálvanos, Señor, que perecemos!

– ¡No empuje, coño, que se apartan los botes!

En su pedestal el mimo agita todo el cuerpo y señala hacia ellos; sube y baja un brazo con el codo doblado: ¡toca una sirena!; luego ciñe un fingido salvavidas y junta las manos, doblando las rodillas como si saltara desde un trampolín; los niños se retuercen de risa.

Pablo y el cura caen despacio, sin dejar de abrazarse.

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