Vladimir Nabokov
Mientras cruzaba hacia la farmacia de la esquina volvió involuntariamente la cabeza a causa de un resplandor luminoso que había rebotado en su sien y vio, con la rápida sonrisa con que saludamos un arco iris o una rosa, un rectángulo de cielo de cegadora blancura que estaba siendo descargado del camión, un armario de luna, a través del cual, como a través de una pantalla de cine, pasó un reflejo, impecable y claro, de ramas que se deslizaban y se mecían, pero no de forma arbórea, sino con una vacilación humana, causada por la naturaleza de los que llevaban a cuestas este cielo, estas ramas, esta fachada deslizante.
LA DÁDIVA
Ed. Anagrama, 1988