Josep Pla
En verano, en el Liceo, las horas pasaban imperceptiblemente. La vida en la ciudad era plácida y tranquila. Los quebraderos de cabeza de la gente eran perfectamente soportables. Todo era más sólido y conocido. Uno entraba en la casa después de almorzar y en un salón estaba Collaso, a la sazón alcalde, tumbado en un sillón, haciendo la siesta. En el salón de al lado dormitaba el Presidente de la Diputación, beatíficamente. Más allá, el Capitán General, vestido con su traje de alpaca brillante y negro, sólidamente establecido en una mecedora, echaba su cabeza importantísima. En el otro local, don Emilio Junoy, revolucionario furibundo, dormía plácido con un puro en la boca, caído. Los camareros andaban por la casa de puntillas. El sopor era agradable. Un perfume delicioso de café y tabaco habano flotaba en el aire. Desde el fondo del pasillo se veía la luz de la Rambla, verde y suave bajo las frondas de los plátanos. Las ventanas estaban entornadas. La luz de penumbra era suavísima. A veces entraba un moscardón que daba la vuelta al Círculo zumbando discreta y ligeramente. Este vago rumor parecía colocar las cosas en una vaga lejanía y aumentar así los placeres de la hora y de la siesta.
Un señor de Barcelona
Pag.209
Ed. Destino 1989